Clásico del Futbol Argentino: Quien ganara la batalla táctica?

La batalla táctica comienza mucho antes del pitazo inicial, con los rumores que emergen de los ensayos y el trabajo mental que supone la preparación para el partido más importante del fútbol argentino.

El Boca de Russo y el River de Gallardo tuvieron que afrontar cotejos internacionales antes de medirse cara a cara en un choque de eliminación directa en el que ponen mucho en juego. Un desafío que expondrá dos modelos de juego diferentes: calidad individual vs. equipo integral.

Bajo la conducción de Russo, nunca se vio un Boca de producciones magistrales ni con alto vuelo táctico. Su ciclo logró éxito inmediato con la consagración en la Superliga Argentina 2019/20, al cosechar siete victorias en los últimos ocho partidos de la temporada y consagrándose por aquel empate de River en Tucumán en la jornada definitiva. Después alzó la Copa Diego Armando Maradona al derrotar a Banfield por penales. Pese a no llegar a la final de la Copa Libertadores, fue un comienzo auspicioso en su regreso a La Bombonera respaldado por Juan Román Riquelme desde la parte directiva, con un equipo que adelantó sus líneas con respecto al de Alfaro y donde las grandes individualidades, como Carlos Tévez, Toto Salvio, Edwin Cardona o Sebastián Villa, empezaron a tener mayor protagonismo en cada partido.

Es lo que todavía caracteriza al Boca de Russo, un equipo que habitualmente elige anular a rivales –incluso a los que son de menor calibre– y apela al peso de sus individualidades para sacar rédito en las transiciones defensa-ataque. Podría considerarse un plan poco ambicioso para un elenco con grandes recursos, que podría construir patrones de juego y una identidad futbolística reconocible a partir de la calidad individual de sus jugadores. Se le han visto solamente algunos lineamientos básicos, como los ataque combinativos y verticales con profundidad en las bandas, o su bloque defensivo compacto y la presión a partir de una reorganización tras la pérdida, pero no existe un modelo de juego identificable.

Aunque en los últimos partidos, Russo apostó por un 4-3-3 ofensivo con un mediocampo fresco, integrado por tres jóvenes surgidos de las divisiones inferiores que le dieron variantes de juego asociado a un equipo que solía saltear líneas y ser más directo: Alan Varela como mediocentro posicional, con Cristian Medina y Agustín Almendra como interiores. Varela se convirtió en una pieza importante para la salida desde atrás por su capacidad para recibir libre y dar fluidez al juego en pocos toques. Medina, en tanto, le sumó dinámica al ocupar espacios vacantes en campo contrario y profundidad al desprenderse para atacar el área rival. Esta nueva composición de la zona medular decantó en algunos automatismos ofensivos que se transformaron en un bálsamo transitorio ante la falta de un delantero centro, con Carlos Tévez cayendo a la zona de gestación y liberando sus espaldas para la irrupción de los nuevos interiores o los extremos, Sebastián Villa y Cristian Pavón.

A la falta de identidad se la puede maquillar en ataque por el calibre de las figuras y el aporte enérgico de los jóvenes mediocampistas, aunque Boca Juniors no puede esconder bajo la alfombra su vulnerabilidad defensiva. Hay pasajes de los partidos en los que se hace evidente el desorden táctico, principalmente por negligencias conceptuales en relevos y coberturas, o desinteligencias en los retrocesos de los volantes y laterales. Incluso hay momentos en los que, por sostener el orden en la salida desde atrás, en algún punto la rigidez de las piezas también generan problemas en el plano ofensivo.

No es lo que sucede en el River de Gallardo, un equipo de rendimientos soberbios, que ha desarrollado un modelo de juego que sobrevive pese a las variantes tácticas y los cambios de intérpretes. Puede jugar con una primera línea de tres centrales o con cuatro defensores, con un triángulo en el mediocampo o doble pivot, pero jamás abandonará el pressing alto y la recuperación tras pérdida, la amplitud y profundidad en las bandas, o el juego asociado por dentro. Su fútbol es cada vez más líquido, de funciones más que de posiciones, versátil y veloz en todos los sectores. Es un equipo que exige por naturaleza y jerarquía, juega a un ritmo de élite.

Últimamente, Gallardo ha recurrido al 3-5-2 con Gonzalo Montiel y Fabrizio Angileri –o Milton Casco, si alguno no está disponible– transitando los pasillos externos y acoplándose a las distintas fases del juego. A nivel defensivo se incorporan a los zagueros y en ofensiva aprovechan para explotar los espacios que se generan cuando los atacantes fijan a los rivales por dentro. Ahí es donde la configuración puede variar según quiénes sean los ejecutantes, aunque Enzo Pérez se ha convertido en una pieza prácticamente irremplazable. Su influencia en la salida, en los apoyos, la distribución y las coberturas es vital para el funcionamiento.

No obstante, Paulo Díaz y David Martínez han mostrado una capacidad de conducción fiable para ganar metros y sacar el balón limpio desde el fondo. Agustín Palavecino es otro de los futbolistas que, pese a que atraviesa un lógico proceso de adaptación, puede aportar una gran cantidad de pases progresivos y eso encaja perfectamente en un River de transiciones rápidas, donde la calidad individual está al servicio del colectivo. En el conjunto de Gallardo, hay un dominio formidable de la ocupación de espacios y las permutas. Hay varios jugadores por delante de la pelota, a distintas alturas, todos disponibles para recibir. Matías Suárez y Santos Borré tienen los desplazamientos coordinados con Jorge Carrascal y Nicolás De la Cruz para destruir los bloques rivales.

El Boca de Russo y el River de Gallardo se enfrentan este domingo en La Bombonera (Foto: Infobae)
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